El cambio en el clima es una realidad aceptada. Políticos, ecologistas, economistas y otros expertos ahora tienen que buscar respuestas a la que puede ser la pregunta más urgente de nuestros tiempos: ¿Qué hacemos?
Por: Gayle Allard, Investigadora de The Economist Intelligence Unit y directora del departamento de Entorno Económico de la escuela de negocios española Instituto de Empresa.
Artículo publicado en El Espectador el sabado 14 de julio de 2007.
Pese a las buenas intenciones de muchos países por incorporar los problemas climáticos a sus agendas internas, los resultados han sido pobres. Menos de la mitad de los países desarrollados que firmaron el acuerdo de Kyoto, que entró en vigor en 2005, han respetado sus cuotas. Según las Naciones Unidas, los únicos países del acuerdo que tienen posibilidades de cumplir con sus objetivos de reducción de emisiones de los gases que dañan la capa de ozono son el Reino Unido, Suecia y Alemania.
Países europeos como Grecia, Irlanda y Portugal muestran incrementos altos, y España tiene la desviación más grande, con un crecimiento del 49% entre 1990 y 2004, según el informe que presentó a finales de 2006 la Secretaría de la Convención sobre el Cambio Climático, de Naciones Unidas.
Gracias a las reducciones de los países europeos que cumplen con sus objetivos, más la pequeña reducción conseguida por Francia (-0,8%), la Unión Europea ha reducido sus emisiones un 0,8%. El resultado, sin embargo, dista mucho de ser una reducción importante, como pretendía Kyoto.


Por otra parte, Estados Unidos, que no firmó el Protocolo, ha registrado un crecimiento de emisiones de casi un 16% durante el mismo período (su vecino Canadá, el primer país en firmar Kyoto, las ha aumentado un 27%). Varios estados de Estados Unidos se han unido voluntariamente al acuerdo de Kyoto, y el cambio político reciente y venidero hace más probable que el país norteamericano podría unirse a Kyoto u otro acuerdo multilateral en los próximos años. Mientras tanto, la Unión Europea, en su última cumbre, hizo una declaración de “intenciones verdes”, que incluían: establecer los estándares más estrictos del mundo en emisiones para automóviles; obligar a que los biocombustibles representaran el 10% del consumo total de combustibles; y establecer nuevos requisitos energéticos para productos de consumo. El objetivo global era reducir las emisiones de carbón un 20%, como mínimo, para el año 2020, desde los niveles registrados en 1990. En una clara llamada a los Estados Unidos, la Unión Europea ofreció reducir sus emisiones en un 30% si otros países desarrollados se unían al acuerdo.
Sin embargo, los pobres resultados conseguidos hasta ahora dañan la confianza en los acuerdos multilaterales para resolver un problema tan urgente y tan global como el cambio climático. La Unión Europea está tan lejos de conseguir la reducción que se propuso en Kyoto, que su nuevo objetivo del -20% parece poco realista. Hacer sacrificios por el medio ambiente a nivel multilateral es un tema sensible entre los países desarrollados: reducir emisiones supone incrementar costos y perder competitividad frente a los países emergentes, que ya amenazan su industria con la mano de obra barata. De hecho, salió de la cumbre europea una propuesta francesa, no aceptada, de imponer un “impuesto Kyoto” a las exportaciones de los países que bajaban los costos de sus productos a expensas del medio ambiente.
Lo que parece evidente es que, a pesar de las buenas intenciones, las soluciones multilaterales e internacionales tienen grandes riesgos de no cumplirse, sobre todo a corto plazo, para prevenir los cambios que tanto se están anunciando. Si se va a reaccionar a tiempo al problema del cambio climático, habría que buscar además soluciones prácticas y ambiciosas a nivel nacional e individual para complementar la colaboración internacional.
América Latina, por su parte, es una región que todavía no ha entrado en el alto nivel de emisiones que caracteriza a los países más ricos. (Hay que recordar que las emisiones totales de un país, en general, son más altas cuanto más alto es el crecimiento económico, cuanto mayor es la población y cuanto mayor sea el desarrollo económico o la renta por habitante). Desde esta perspectiva, la tarea a la que se enfrenta América Latina es más fácil: en vez de reducir, como tienen que hacer los países desarrollados, puede hacer su parte por el planeta si se centra en no aumentar sus emisiones.
La mayoría de los científicos están de acuerdo en que se puede reaccionar a tiempo para frenar las consecuencias más dañinas del calentamiento global. América Latina todavía no ha llegado a unos niveles de emisiones de los cuales es difícil retroceder. Debería aprovechar su posición holgada para incorporar los cambios necesarios por el camino, apoyando así un esfuerzo global de salvar nuestro planeta.
*Investigadora de The Economist Intelligence Unit y directora del departamento de Entorno Económico de la escuela de negocios española Instituto de Empresa.
Emisiones latinas
La tabla demuestra que sólo países productores de petróleo tienen niveles altos de emisiones de CO2 actualmente; y que globalmente América Latina está mejor que los países desarrollados. Brasil es bastante ejemplar dentro del continente.
Sin embargo, los resultados dejan ver que la producción latinoamericana no es muy eficiente en su utilización de energía . En unidades de emisión por dólar de PIB, en paridad de poder de compra, muchos países latinoamericanos se muestran menos eficientes que Europa y algunos menos que Estados Unidos. México y Ecuador, ambos productores de petróleo, emiten más CO2 por unidad de producción que los países europeos, y Venezuela emite el doble que Estados Unidos.
Manos a la obra
¿Qué puede hacer un país a nivel nacional, y sus ciudadanos a nivel individual, para combatir el cambio climático mientras se tenga tiempo? Lester Brown, experto en “eco-economía”, sugiere varias medidas para reestructurar la economía que pueden ayudar a restaurar la estabilidad entre ésta y el ecosistema sobre el que descansa. Las medidas que propone incluyen las siguientes:
1. Terminar con la etapa de las energías no renovables e ir hacia energía solar y de hidrógeno.
2. Hacer una transición desde el consumo de productos desechables hacia el consumo de productos que se reciclan y se desmontan para poder ser reutilizados. Esta medida incluiría prohibir los contenedores desechables para las bebidas, poner fin a las minas de oro, imponer impuestos sobre vertederos y eliminar las subvenciones a actividades que son dañinas para el medio ambiente.
3. Aumentar la productividad de las tierras de cultivo y del agua.
4. Proteger los productos y servicios provenientes de los bosques.
5. Rediseñar las ciudades para eliminar la necesidad de recurrir al coche para la mayoría de los desplazamientos, desarrollando sistemas para bicicletas, ferrocarriles y otros transportes públicos.
6. Estabilizar la población, reduciendo la fertilidad.
7. Conseguir que los precios cuenten la verdad ecológica, a través de la incorporación de los costos ecológicos al precio final que paga la empresa y/o el consumidor. Esto pasa por un cambio radical en el sistema impositivo y las subvenciones, las etiquetas ecológicas y una decisión de parte del consumidor de “votar con la cartera” por aquellos productos y servicios que son sostenibles. También incluye los mercados de permisos para contaminar, como los que existen actualmente en Estados Unidos para carbón, agua, gasolina sin plomo y otros elementos; y el mercado de carbón que acaba de lanzar la Unión Europea.
En relación con este último punto —quizás el más importante para los economistas—, Brown cita al ex vicepresidente de Esso en Noruega, Øystein Dahle, quien comentó: “El socialismo desapareció porque no permitía que los precios contaran la verdad económica. El capitalismo puede desaparecer porque no permite que los precios cuenten la verdad ecológica”.
Brown advierte que no existe un camino medio. “¿Nos unimos para construir una economía sostenible?”, pregunta, “¿o nos quedamos con esta economía no sostenible desde un punto de vista ecológico, hasta que entre en declive?”. La elección, según Brown, tiene que venir de las generaciones actuales, y su decisión afectará a la vida en la Tierra durante todas las generaciones venideras.
Menos emisiones, por favor
El resultado de la reducción de emisiones por parte de los países no ha sido el esperado: continúan los niveles altos.
Hacer sacrificios por el medio ambiente a nivel multilateral es un tema sensible entre los países desarrollados: reducir emisiones supone incrementar costos y perder competitividad frente a los países emergentes, que ya amenazan su industria con la mano de obra barata.

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