Por: Rafael Pampillón Olmedo – Profesor del Instituto de Empresa
Articulo publicado en Portafolio
La tormenta financiera de verano que tanto ha preocupado y viene preocupando a los inversores en las últimas semanas puede traducirse en una fuerte caída en el crecimiento de la economía de Estados Unidos.
A ello se une el que las entidades financieras, tanto americanas como europeas, están poniendo exigencias más duras para conceder préstamos a las familias y a las empresas.
El razonamiento es el siguiente: una mayor debilidad de la economía americana puede provocar que este país comprara menos bienes y servicios nacionales y extranjeros.
Es decir, importara menos coches, ropa y maquinaria, afectando a las ventas de los grandes países exportadores como Alemania, India, China y Corea del Sur.


A su vez, esos países exportadores, que han sido hasta ahora los grandes compradores de materias primas, necesitarían menos inputs productivos (materias primas).
Como consecuencia, los precios del petróleo y metales disminuirían, lo que a su vez afectaría a las economías de los países productores de materias primas, como Rusia, países árabes y la mayoría de los países de América Latina.
Es más, en América Latina se produciría un retroceso económico y social; porque los altos precios de las materias primas han contribuido en los últimos años a aumentar los ingresos fiscales; lo que había abierto una ventana de oportunidad para mejorar el gasto social.
Las economías latinoamericanas son todavía lo bastante fuertes como para resistir una ligera desaceleración de Estados Unidos, que es su principal cliente; sin embargo, una recesión americana les generaría un verdadero problema.
Este escenario de enfriamiento que hemos relatado y que preocupó a los inversores durante el pasado mes de agosto, con caídas espectaculares en las bolsas, se ha unido a las malas previsiones económicas que ya se
habían anunciado a comienzo de este año.
Por tanto, la crisis americana de las hipotecas, junto con los menores precios de los inmuebles, ha generado unas turbulencias financieras y económicas, sufridas por las economías de todo el mundo, que ejercerán un castigo sobre la tasa de crecimiento de la economía americana, y como consecuencia, de la mundial.
Es evidente que la economía es cíclica y que después de un largo periodo de bonanza económica y financiera, con subidas en las bolsas de todo el mundo, como la que habíamos disfrutado desde 2003, se produzca un ajuste y caídas en los precios de los activos.
Además suele suceder que cuando los mercados y la economía crecen a niveles muy altos, los participantes en el mercado están menos alerta de lo que deberían. Entonces, al comenzar a caer los precios de las acciones en las bolsas de todo el mundo, el miedo y los nervios se apoderan de los inversores que temen que el caos en los mercados sea irreversible y que, a la corta o a la larga, acabará originando una desaceleración del crecimiento económico global.
Para engrasar el sistema, los bancos centrales no han parado de inyectar grandes cantidades de dinero a los mercados monetarios.
De ahí que el mercado da casi por segura la bajada de tipos de la Reserva Federal del 5,25 por ciento al 5 por ciento en su próxima reunión del 18 de septiembre.
El Banco Central Europeo, por su parte, acaba de aplazar sine die la subida que había previsto del 4 por ciento actual al 4,25 por ciento.
En definitiva, el terremoto que afectó a los mercados este mes de agosto es un ejemplo de lo entrelazados que están los sistemas financieros del mundo.
Lo que comenzó como una crisis hipotecaria en Estados Unidos fue seguida por una caída en el mercado de bonos, y finalizó en una crisis del crédito más amplia, lo que podría afectar al crecimiento de la economía real.

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