Por: Pablo Triana, Director del Centro Finanzas Avanzadas de IE Business School
Los inversores cazadores de activos de moda fueron convencidos, en los últimos años, de invertir en hedge funds y derivados de crédito. Para ellos, la situación acabó mal. Pero sus desgracias pueden tener buenos efectos para los mercados financieros y la economía en general…
Estos días nos rodean los titulares del tipo “Los retornos de los hedge funds decepcionan”, “Colapso de los hedge funds”, “Problemas con los CDOs” y “Pérdidas en CDOs”.
Permítanme que nostálgicamente me sienta como si fuese 1989 (cuando era un adolescente algo alocado) o 2000 (cuando era un estudiante de postgrado que deseaba poder seguir siguiendo un adolescente algo alocado).
En aquellos días, al igual que hoy, inversiones que aparecían como indudablemente “cool” de repente se transformaron en una ruta hacia la miseria.


Los activos que había que poseer como fuese (bonos basura y puntocoms, respectivamente) se convirtieron en una trampa mortal para muchos de aquellos que ciegamente obedecieron a los dictados de la moda. Al intentar desesperadamente ser parte de la gente “cool”, esos inversores acabaron pagando un precio muy alto.
Los hedge funds y los derivados de crédito simbolizan las inversiones de moda que resultaron (parcialmente) desastrosas en nuestros días. Pero eran imposibles de evitar para aquellos que no quisiesen ser señalados como atrasados y fuera de onda.
En los últimos años, el ambiente reinante parece haber sido uno de exaltación gloriosa de aquellos con suficiente visión como para trasladar millones hacia los fondos y estructuras financieras cada vez más complejas, y de ridiculización sin límites de aquellos que inexcusablemente no abrazaron las nuevas tendencias. Una situación no muy diferente a los días de los bonos basura y las puntocom.
Al igual que una jovencita es publicitada a no sentirse “cool” si no compra en Zara o Prada, los inversores han sido publicitados a sentirse desesperadamente fuera de onda salvo que tuviesen posiciones en hedge funds y CDOs.
La genialidad más reciente de la industria financiera ha sido convencer a los fondos de pensiones, gestores de carteras, compañías de seguros, fondos soberanos, fondos de universidades, patrimonios privados, e incluso pequeños inversores de que no invertir en hedge funds y derivados de crédito supondría perderse el tren de la popularidad y la abundancia, señalarse a sí mismos como alguien sin la sabiduría y el valor suficientes como para aferrarse a una oportunidad única.
Por supuesto, a veces el éxito en una campaña de marketing acaba causando penurias, tanto a los consumidores como, paradójicamente, a los propios vendedores. Aquellos que pusieron excesiva fe en el evangelio de los bonos basura de Michael Milken o en las posibilidades de vender comida para animales a través de Internet probablemente acabaron poco satisfechos.
Y se puede argumentar que aquellos que publicitaban los bonos de alto rendimiento y las puntocom pagaron por su rebosante entusiasmo (y exitosa capacidad de engatusamiento), dado que la insaciable demanda generada llevó a un deterioro sin freno en la calidad de la oferta, lo cual indudablemente facilitó el desastre eventual.
Muchos de los inversores en busca de la moda de nuestros días probablemente sienten que ellos también sucumbieron demasiado fácilmente y demasiado intensivamente a los cantos de sirena provenientes de los hedge funds y los dealers de derivados de crédito.
Ahora bien, ¿cuál es el escenario futuro?
Un cierto rechazo hacia estas inversiones alternativas es de esperar en el futuro cercano. Los hedge funds y los CDOs ya no serán tan “cool”. Pero, al contrario que los bonos basura de los ’80 y las puntocom de los ’90, no es probable un baño de sangre indiscriminado.
Lejos de estar aproximándose a su extinción, los hedge funds y los derivados de crédito continuarán siendo parte establecida del paisaje financiero. ¿Por qué?
Sencillamente, porque son inventos bastante útiles que juegan un papel, en conjunto, positivo.
Si la burbuja de los bonos basura ayudó a que bucaneros enloquecidos apalancasen a las compañías hacia el desastre (y la burbuja de Internet ayudó a que “negocios” inservibles les quitasen los ahorros a las abuelitas) la última moda de inversión ha generado un legado más bienvenido.
Al popularizar los hedge funds y los derivados de crédito (haciéndolos más aceptables) la coyuntura actual ha aportado valor. Los primeros han inyectado liquidez al mercado. Los segundos han abierto la posibilidad de distribuir eficientemente los riesgos prestatarios de los bancos. Así, ambos son desarrollos extremadamente beneficiosos para la economía en general.
Los últimos años serán recordados como una época en la cual, de nuevo, la industria financiera tuvo un éxito extraordinario a la hora de hipnotizar a los inversores hacia los activos “cool”, muchos de los cuales inevitablemente acabaron mal.
Pero en esta ocasión, la historia contiene una clarificación crucial: los productos publicitados son, de hecho, invenciones altamente útiles.

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