Autor: Jennifer P. Roig, América Economía, MBA & Educación Ejecutiva , 22/03/2012

 Mientras se fortalece el consenso sobre el beneficio que trae la diversidad para el aprendizaje en aulas MBA, en   América Latina no están claras las acciones y políticas que podrían fomentarla, a pesar de ser un continente tan mestizo.

“Es deseable la diversidad entre los estudiantes de las Business Schools, ya que promueve una mejor experiencia de aprendizaje”, refiere Santiago Iñiguez, presidente de IE University, en su libro The Learning Curve. De tan repetida la frase, uno podría pensar que es una verdad universal, asumida y puesta en práctica. Académicos y profesionales de todas partes e industrias coinciden en indicar aquello de que “el conocimiento y trato con personas de otra cultura puede abrir los ojos, lo mínimo, a cómo hacer negocios en otros lugares”.

Así, las escuelas de negocio globales, desde la británica London Business School hasta la española IE University, pasando por Darden, Columbia y Wharton, por sólo mencionar algunas, se encargan de dejar claro en un lugar muy principal de sus sitios web que convocan la diversidad cultural, multinacional y genérica entre sus estudiantes de postgrado.

Mientras, en América Latina, casi la totalidad de los centros de educación superior asegura que en sus aulas se promueve la diversidad de todo tipo. Sin embargo, AméricaEconomía preguntó a algunas entre las principales escuelas de negocio de la región por sus estadísticas de minorías étnicas y raciales entre sus egresados, y en ningún caso se consideraba la variable étnica.

Diversidad étnica en MBA: intenciones y hechos

Marlene López, directora de relaciones externas de INCAE, comenta que es una meta de la escuela costarricense “llevar diversidad al aula para enriquecer la vida diaria en el programa y que de hecho se nota variedad, aunque no haya una política para promover la diversidad étnica en los grupos MBA”. López añade que la diversidad se potencia en atención a otros factores como la procedencia geográfica de sus estudiantes, así como su educación en distintas profesiones desde abogacía hasta economistas o ingenieros.

Sin embargo, en cuestión de medidas o acciones que permitieran materializar las metas de forma intencionada, López indica que “a través de los años, algún subsidio se había dirigido a grupos indígenas para ayudar con el costo de la maestría, pero sólo unos pocos”.

En Uruguay, donde existe una minoría afrodescendiente de consideración, “las políticas de admisión al programa MBA de la Universidad Ort no presentan una discriminación positiva por temas étnicos. En cambio, desde hace tres años sí existe una discriminación positiva por el sexo”, dice Luis Silva, coordinador académico del curso. Al explicar las razones por las cuales la universidad sí beneficia a las mujeres en tanto se mantiene neutra en temas étnicos, Silva reflexiona que “Uruguay, por razones históricas, no ha tenido tradición de estos problemas, aunque sí existe desigualdad de oportunidades, relativamente poco estudiada y fundamentada, entre descendientes de europeos y descendientes de africanos”.

Desde Ecuador, la directora de la escuela de administración en Espae-Espol María Virginia Lasio también refiere que “es parte de los valores de la Graduate School of Management y de la universidad que no exista discriminación alguna, por lo cual no sólo esto se aplica a los estudiantes sino a los profesionales y trabajadores de la institución”. Pero al buscar en las estadísticas referidas a su red de alumni, disponibles en su sitio web, la relacionada a la variable étnica está ausente. En este sentido, la directora explica que “en Ecuador es difícil hablar de razas, porque todos somos multicolor”.

Otras escuelas en Brasil, como la Fundación Dom Cabral y la Fucape Business School, y en Chile la Facultad de Administración de la Universidad Católica, igualmente indicaron no contar con medidas o políticas específicas para asegurar la diversidad étnica entre sus grupos de postgrado, aunque sí eran tenidos en cuenta aspectos como las desigualdades socioeconómicas y la equidad, pero esto a nivel solamente de pregrado. “En Chile, varias universidades como la Católica y la Universidad de Chile sí han hecho un esfuerzo importante por potenciar la internacionalización de sus estudiantes de postgrado, y por tanto también lo están reflejando en las estadísticas, pero esto motivado por una preocupación sobre el impacto de la globalización que por una reflexión sobre los beneficios de la diversidad en sí misma”, explica Gonzalo Zapata, sociólogo de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

¿Pero cómo la diversidad no va a ser un tema en un continente tan mestizo como América Latina? ¿No añade valor al aprendizaje la presencia en el aula de alumnos negros, indígenas, mestizos? ¿No podrían ellos aportar mucho en cuanto a las relaciones laborales, estilos de liderazgo y culturas organizacionales predominantes y características en sus comunidades? ¿No hay ejemplos de gestiones comerciales exitosas entre pueblos indígenas, como el caso de los otavaleños?

En busca de explicaciones

El tema del acceso equitativo a la educación ha estado instalado por largo tiempo en las agendas de gobiernos, sociedad civil e instituciones internacionales. Sin embargo, la forma que esto se maneja en centros de educación superior es aún centro de debates y opiniones divididas. Así, hemos visto surgir en algunos países de la región universidades y escuelas creadas para recibir estudiantes indígenas y afrodescendientes, como es el caso en México de 10 universidades indígenas fundadas con apoyo de IESALC, según consta en un reporte de Manuel Ramiro Muñoz para El Informe sobre Educación Superior en América Latina y el Caribe (2000-2005), o la Faculdade Zumi dos Palmares en Sao Paulo, Brasil, fundada con el objetivo de facilitar el acceso a la educación superior a estudiantes de raza negra.

Los causas que pueden explicar la ausencia de formas de discriminación positiva, o al menos de políticas especialmente diseñadas para garantizar la diversidad racial y étnica en los grupos de postrado de las universidades latinoamericanas, son múltiples y están ancladas en los procesos históricos de los países.

En el mismo artículo, Manuel Ramiro Muñoz ofrece pistas al expresar que, “jurídicamente, en la mayoría de los países de la región, las identidades nacionales se configuraron a partir de la negación de la diversidad y de sus raíces étnicas y culturales. En el marco del estado-nación monocultural se construyó un concepto de ciudadanía que reconocía sólo a quien fuera varón, blanco, con propiedad y heterosexual”.

Las consecuencias persisten siglos después. Charo Quesada, en un artículo publicado en la revista del Banco Interamericano de Desarrollo en 2001, observaba que a pesar de que “más del 30% de la población de América Latina y el Caribe es indígena o afrolatina, menos de un tercio de los países de la región recoge información explícita sobre su población de ascendencia africana. Los datos recolectados sobre los pueblos indígenas, aunque más numerosos, suelen ser incompletos y problemáticos”. Los censos insistieron por décadas en un daltonismo que dibujaba en papeles una América Latina de inverosímil mayoría blanca.

Las escuelas de negocio, entre la generalidad de instituciones de educación de postgrado, reprodujeron en sus políticas de admisión el pensamiento nacional imperante. En la actualidad, incluso cuando el consenso aconseja potenciar la diversidad, resulta difícil consumarlo cuando entre los aspirantes de postgrado apenas hay representantes de minorías.

Así, Marlene López comenta que en Costa Rica “la población indígena ha tenido limitado acceso a la educación, especialmente la terciaria, lo cual incide directamente en la poca cantidad de candidatos que puedan acceder a un nivel superior como es el caso de una maestría”.

Zapata, mientras, alude al poco tiempo que los programas de postgrado llevan desarrollándose en Chile, “los postrados comenzaron a desarrollarse en el país entre finales de los 80 e inicios de los 90. Por eso la matrícula actual, en comparación con otros países, es pequeña. Con una matrícula tan limitada, todavía no ha dado tiempo a comenzar a hacerse esos cuestionamientos sobre la diversidad, porque hemos estado enfocados a desarrollar los programas, y a apoyar el perfeccionamiento de profesionales que desempeñen un rol activo y efectivo en la generación de conocimientos, para que se desempeñen primero en la academia, y seguidamente, comenzar a formar un talento humano avanzado dentro del gobierno”.

Bruno Félix von Borell, profesor de Comportamiento Organizacional y Gestión de Personas en la brasileña Fucape Business School, investigador además sobre temas relacionados con la inclusión en el lugar de trabajo y la gestión de administradores negros en Brasil, comenta que en su opinión personal, “ha visto opiniones divididas entre los académicos y directores de escuela en Brasil respecto a las cuotas. Algunos piensan que deben existir, para garantizar la diversidad, pero otros argumentan que esas políticas pueden servir en verdad para que el gobierno maquille un problema real, como es el hecho que la educación básica recibe muy poca inversión del gobierno. Según ellos, con un sistema de cuotas, el gobierno quiere transferir su responsabilidad a las escuelas y universidades, presionándolas para que acepten estudiantes en desventaja social que no están lo suficientemente preparados para acceder a este nivel de estudios, precisamente por los fallos del sistema educativo. En este sentido, ellos defienden que las universidades ya aportan estableciendo en pregrado una discriminación positiva dirigida a las diferencias socioeconómicas a través de subsidios y ayudas”.

Esto no implica ignorar el hecho de que sin dudas existe una minoría económicamente pujante entre las minorías étnicas, que accede a una educación de alta calidad y es capaz de pagar los precios de los programas de postgrado.

Sin embargo, la conclusión última debe apuntar a que si la diversidad es un elemento intrínseco de la especie humana y se manifiesta en la diferencia de razas, credos, formas de sentir, pensar, vivir y convivir, la responsabilidad de las escuelas de negocio por fomentarla en sus aulas es quizás más alta que dentro de otras instituciones.

La apuesta de las escuelas de negocio es mucho más relevante, en tanto en estas se capacitan los profesionales que eventualmente ocupan puestos de poder en los ámbitos de la administración pública y el capital privado. A nivel ético, necesitan formarse dentro de entornos de reconocimiento al valor de la persona y opinión del otro. Dentro de una dimensión más gerencial, necesitan ser profesionales de visión global, capaces de interactuar con personal multicultural, considerando variedad de intereses y valores.

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